EL SILENCIO QUE DURA TRES MIL DÍAS

EL SILENCIO QUE DURA TRES MIL DÍAS

El silencio en el despacho se volvió abrumadoramente pesado.

Todos nos quedamos congelados observando la pantalla del monitor de seguridad.

Las dos figuras vestidas de negro avanzaban con total familiaridad por el pasillo de servicio de la residencia.

No eran simples ladrones de paso.

Conocían perfectamente los puntos ciegos de los sensores de movimiento y la ubicación de las cámaras principales.

Uno de ellos llevaba una mochila táctica pesada al hombro.

El otro sostenía en la mano derecha un manojo de llaves maestras de la casa.

—Son los empleados de confianza de Mauricio —susurré reconociendo la complexión física de uno de ellos.

Era el chofer personal de mi suegra Beatriz, un hombre brusco llamado Gonzalo.

—Vienen por la tarjeta Micro SD —dedujo Fernando en voz muy baja, acercándose a la puerta del estudio.

—Mauricio se dio cuenta de que la perdió aquí antes de salir a Valle de Bravo.

—Y mandó a sus sirvientes a recuperarla a cualquier precio.

—No podemos dejar que nos vean aquí —advirtió Sofía cerrando rápidamente la computadora portátil.

—Si se enteran de que descubrimos el contenido de la memoria, le avisarán a Mauricio de inmediato.

—Y la trampa se arruinará antes de empezar.

El estudio privado donde nos encontrábamos estaba ubicado al fondo del segundo piso.

La única salida era la puerta principal que daba hacia el vestíbulo superior.

Escuchamos el chasquido sordo de la puerta de madera del piso inferior al cerrarse.

Los pasos pesados de los dos hombres comenzaron a resonar sobre la escalera de mármol.

Subían con cautela, pero con rapidez.

—Rápido, al vestidor privado —ordené señalando la puerta disimulada detrás de la biblioteca de madera.

Era un vestidor amplio de seguridad reforzada que mi padre había mandado construir años atrás.

El doctor Armenta, Sofía, Fernando y yo nos deslizamos al interior en cuestión de segundos.

Jalé la puerta de madera secreta hasta dejarla casi cerrada, dejando apenas una rendija milimétrica para observar.

El olor a cuero y madera sellada impregnaba el pequeño espacio helado.

Apenas unos segundos después, la puerta principal del estudio se abrió con un giro seco de la perilla.

Gonzalo entró a la habitación con una linterna táctica encendida en la mano izquierda.

Detrás de él venía un sujeto más joven con la cara cubierta por un pasamontañas negro.

—Búscala sobre el escritorio y en los cajones —ordenó Gonzalo con voz áspera y autoritaria.

—El patrón dijo que tiene que estar en esta oficina o en la camioneta.

—Si no la encontramos, el patrón nos va a despellejar vivos a los dos.

El hombre del pasamontañas comenzó a revolver brutalmente los papeles de mi escritorio.

Tiró los portarretratos familiares al suelo, haciendo estallar los cristales contra el piso de madera.

Ver la fotografía de mi hijo Mateo tirada entre el polvo me provocó un impulso violento de salir.

Fernando me apretó fuertemente el hombro derecho, pidiéndome contención en el absoluto silencio.

—Aquí no hay nada, Gonzalo —dijo el sujeto más joven después de revisar tres cajones.

—Solo hay papeles de la constructora y facturas viejas.

Gonzalo caminó hacia la mesa de centro de nogal donde hace unos minutos estaba el frasco café.

Al ver la mesa completamente vacía, el chofer soltó una palabrota en voz alta.

—¡Muerda! —exclamó iluminando la superficie de la mesa con la linterna.

—El frasco de cápsulas tampoco está aquí.

—¿Crees que la señora Valeria se las haya tomado todas de golpe? —preguntó el otro sujeto.

—No seas idiota —respondió Gonzalo con desprecio—. Esa mujer no estaba en la casa cuando entramos.

—Su auto no está en el garaje y no hay nadie en las habitaciones.

—Tenemos que registrar la casa vecina de la patrona Beatriz antes de que amanezca.

Gonzalo sacó su teléfono celular y marcó un número en marcación rápida.

Puso el altavoz del teléfono mientras caminaba cerca de nuestro escondite.

—Patrón —dijo Gonzalo cuando contestaron la llamada—. Ya revisamos el estudio de la señora.

—¿Encontraron la tarjeta de memoria? —preguntó la voz helada de Mauricio desde la bocina del teléfono.

—No, patrón. Tampoco está el frasco de las cápsulas en la mesa de centro.

Un silencio aterrador dominó la línea telefónica durante tres segundos eternos.

—¿Dónde está Valeria? —exigió saber Mauricio con una calma que daba escalofríos.

—La casa está completamente vacía, señor. No hay nadie en el segundo piso.

Escuché a Mauricio dejar escapar un suspiro pesado y cargado de rabia a través del altavoz.

—Búsquenla en la casa de mi madre —ordenó Mauricio rotundamente.

—Valeria tiene duplicados de las llaves de la residencia contigua.

—Si esa mujer metió la nariz en la caja fuerte del sótano de mi madre…

—No dejen que salga viva de esa propiedad. ¿Entendieron bien?

—Entendido, patrón —asintió Gonzalo ensombreciendo el rostro.

—Hagan parecer que fue un robo a casa habitación fallido.

—Dispárenle si es necesario y dejen el cuerpo en el jardín trasero.

—Yo salgo para allá en este mismo momento desde Valle de Bravo con mi madre.

—Tendremos la coartada perfecta del viaje cuando la policía encuentre el cadáver.

La llamada se cortó abruptamente.

Gonzalo guardó el teléfono en su chamarra de cuero y le hizo una señal a su compañero.

—Vamos a la casa de la patrona Beatriz —ordenó Gonzalo sacando un arma corta con silenciador de su cinturón.

—Si la encontramos allá, la terminamos de una vez por todas.

Los dos hombres salieron rápidamente del estudio, dejando tras de sí un rastro de destrucción en los papeles.

Escuchamos sus pasos apresurados bajando la escalera y dirigiéndose hacia el pasillo que conectaba con la residencia contigua.

Sali de la puerta del vestidor de inmediato, sintiendo que el corazón me salía del pecho.

—Querían matarte aquí mismo, Valeria —dijo Fernando pálido por la conmoción.

—Esto ya sobrepasó cualquier límite legal de estafa corporativa. Es un atentado de sicariato.

—Dijo algo sobre una caja fuerte en el sótano de la casa de su madre —recordé mirando fijamente al abogado.

—Mauricio dijo que si yo entraba a esa caja fuerte, todo su plan se venía abajo.

—Ahí es donde guardan las pruebas físicas de los asesinatos y los contratos originales —dedujo Fernando con agudeza.

—Pero no puedes ir allá, Valeria. Esos dos hombres armados están patrullando esa residencia en este momento.

—Tenemos que esperar a que llegue la policía federal con una orden de cateo de emergencia.

—Para cuando llegue la policía con una orden formal, Mauricio ya habrá llegado de Valle de Bravo —argumenté con desesperación.

—Destruirá todo lo que hay en esa caja fuerte y matará a cualquiera que se atraviese.

—Tengo los duplicados de las llaves y conozco el pasaje subterráneo de servicio que conecta las dos casas.

—Puedo entrar al sótano antes que ellos sin ser detectada.

—¡Es una locura suicida, Valeria! —protestó Fernando tomándome del brazo.

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