Mi mamá de 66 años solo pensaba que tenía un problema de estómago, pero después del ultrasonido el doctor susurró: “Dios mío, nunca he visto algo así en toda mi carrera”

Mi mamá de 66 años solo pensaba que tenía un problema de estómago, pero después del ultrasonido el doctor susurró: “Dios mío, nunca he visto algo así en toda mi carrera”

Le dijimos que sí.

Sonrió débilmente.

—Entonces tráiganme la sopa que me prometieron.

Aquella pequeña broma nos devolvió la esperanza.

Una semana después llegaron los resultados. El diagnóstico confirmó nuestros temores: cáncer epitelial de ovario en una etapa avanzada. Existían células malignas en tejidos cercanos, por lo que necesitaría quimioterapia después de recuperarse de la cirugía.

El oncólogo nos explicó el tratamiento, los posibles efectos secundarios y la importancia de comenzar cuanto antes. Mi madre escuchó todo sin interrumpir. Cuando el médico terminó, hizo una sola pregunta:

—¿Todavía tengo una oportunidad de ver crecer a mis nietos?

—Tiene una enfermedad seria —respondió él—, pero sí, tenemos opciones de tratamiento y vamos a luchar con usted.

A partir de ese momento comenzó una etapa difícil. La quimioterapia le provocó cansancio, náuseas y pérdida del cabello. Hubo días en los que no quería levantarse de la cama. A veces lloraba al mirarse en el espejo, no por vanidad, sino porque no reconocía a la mujer que observaba.

Nosotros intentábamos recordarle quién seguía siendo.

Le llevábamos fotografías antiguas, música que le gustaba y comida cuando podía tolerarla. Sus nietos decoraron pañuelos para cubrirle la cabeza. Uno de ellos escribió: “Abuela, todavía eres la más bonita”.

Mi madre guardó ese pañuelo durante todo el tratamiento.

No todo fue esperanza. Hubo infecciones, visitas inesperadas a emergencias y análisis que nos hicieron temer que el tratamiento no estuviera funcionando. También existieron momentos de enojo. Teresa se culpaba por no haber acudido antes al médico. Decía que había confundido las señales con problemas digestivos y que su terquedad podía costarle la vida.

El oncólogo le explicó que los síntomas del cáncer de ovario pueden ser poco específicos. Inflamación abdominal, sensación de llenura, cambios en el apetito, molestias digestivas y necesidad frecuente de orinar pueden confundirse con problemas comunes. Lo importante era no seguir castigándose por el pasado y concentrarse en el tratamiento.

Después de varios meses, los estudios mostraron una reducción importante de los indicadores de la enfermedad. No significaba que estuviera completamente curada, pero el tratamiento había conseguido controlar el cáncer.

back to top