Nadie.
Dos semanas antes de la boda me había hecho una prueba escondida en el baño de nuestro departamento. Positiva. Aún no encontraba el momento perfecto para decírselo a Diego. Había querido esperar hasta después de la ceremonia, después del viaje, después del caos.
—¿Cómo… cómo pudo saberlo?
—Porque revisó tu bolso en la despedida de soltera —dijo Diego con rabia contenida—. Encontró la prueba.
Me quedé inmóvil.
Recordé aquella noche.
Recordé haber dejado mi bolso en la habitación del hotel mientras bailábamos.
Recordé a Mariana entrando “por labial”.
Sentí náuseas.
—También me escribió esto hace tres días —continuó Diego.
Me mostró el último mensaje.
**“Todavía estás a tiempo de salir de esto. Un hijo con ella solo va a atraparte para siempre.”**
Las lágrimas finalmente me quemaron los ojos.
No por miedo.
Por el tamaño de la traición.
Mariana no quería solo destruir mi boda.
Quería destruir mi futuro.
En ese momento la puerta del salón principal se abrió y Claudia apareció.
—Es hora.
Respiré hondo.
Diego extendió la mano.
—¿Todavía quieres hacer esto?
Lo miré.
Vi miedo.
Culpa.
Amor.
Y verdad.
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