Salió corriendo de la sala. Sus tacones golpearon el piso de mármol como una cuenta regresiva. Ricardo quiso seguirla, pero Ernesto dio un paso al frente y dos guardias de seguridad aparecieron en la puerta.
—Usted no se mueve todavía —dijo Ernesto.
Ricardo tragó saliva.
—Don Ernesto, se lo suplico. Yo amaba a Valeria. Cometí errores, sí, pero podemos hablarlo en familia.
Valeria soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Familia? Hace unos minutos me llamaste estorbo. Me aventaste una tarjeta como si fuera limosna. Dijiste que yo no pertenecía a tu mundo.
—Estaba enojado —dijo él, desesperado—. Daniela me manipuló. Yo no sabía…
—Sí sabías —lo cortó Valeria—. Sabías que yo hice el algoritmo. Sabías que pasé semanas salvando tu empresa mientras tú prometías que algún día me darías crédito. Sabías que registraste presentaciones diciendo que era desarrollo interno. Sabías que le diste mi trabajo a Daniela para hacerla quedar como genio.
Ricardo bajó la mirada.
Por primera vez, no tuvo una frase elegante para defenderse.
La abogada de traje blanco colocó otro documento sobre la mesa.
—Además de la revocación, se presentará una denuncia por uso indebido de propiedad intelectual, falsedad ante inversionistas y enriquecimiento fraudulento.
El abogado de Ricardo, que hasta ese momento había permanecido pálido y callado, se acercó a su cliente.
—Ricardo, no digas nada más. Necesitamos representación penal.
—¿Penal? —preguntó Ricardo con voz quebrada—. ¿Estás diciendo que puedo ir a la cárcel?
Nadie respondió.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
Ernesto tomó la tarjeta negra que Ricardo había lanzado a Valeria. La levantó entre 2 dedos.
—También hay algo que debes saber sobre esta tarjeta.
Ricardo lo miró con desesperación.
—No…
—Esta mañana, Capital Altavista ejecutó una auditoría de emergencia sobre las líneas corporativas vinculadas a NexaData. Tus cuentas están congeladas. Tus créditos fueron llamados. Esta tarjeta no compra ni un café de olla en la esquina.
Valeria miró la tarjeta. Luego miró a Ricardo.
—Puedes quedártela —dijo—. Te combina más a ti.
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