PARTE 2
—Perfecto —dijo Ricardo, tomando los papeles firmados como si fueran un trofeo—. Por fin.
Daniela aplaudió despacio, burlona.
—Felicidades, Vale. Ya eres oficialmente nadie.
Valeria no respondió. Dejó la pluma sobre la mesa con un golpe seco. El sonido fue pequeño, pero todos voltearon.
—Falta la otra parte —dijo ella.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Qué otra parte? Ya firmaste. Se acabó.
Antes de que Valeria contestara, las puertas de madera se abrieron. Entró una mujer de traje blanco, impecable, cargando una carpeta negra con sellos oficiales. Caminó directo hacia Valeria, ignorando por completo a Ricardo.
—Buenas tardes, licenciada Morales Aranda —dijo con voz firme—. Los documentos de revocación de propiedad intelectual están listos para su firma.
El rostro de Ricardo cambió.
—¿Morales Aranda? —repitió—. No. Ella es Valeria Morales. Mi esposa. Bueno, mi exesposa. ¿Quién la dejó entrar?
El anciano de la esquina soltó un suspiro cansado.
Se quitó el sombrero. Luego los lentes gruesos. Después enderezó la espalda. De pronto, ya no parecía un notario viejo y frágil. Parecía un hombre acostumbrado a que los demás guardaran silencio cuando él hablaba.
—Morales era el apellido que usamos para protegerla —dijo—. Su nombre completo es Valeria Morales Aranda.
Daniela palideció.
Ricardo miró al anciano con una mezcla de rabia y miedo.
—¿Y usted quién demonios es?
El hombre se quitó el saco gris. Debajo llevaba un chaleco oscuro hecho a la medida y una corbata de seda.
—Ernesto Aranda —respondió.
El silencio cayó como una piedra.
Ricardo abrió la boca, pero no salió sonido.
Todos en esa sala conocían ese nombre. Ernesto Aranda, dueño de Capital Altavista, de 3 torres en Santa Fe, de fondos de inversión en Monterrey, Guadalajara y Nueva York. El hombre que Ricardo llevaba meses intentando impresionar. El hombre que tenía en sus manos la inversión de las 2 de la tarde.
—No puede ser —susurró Ricardo—. Ella trabajaba en una cafetería.
—Trabajaba ahí porque quería saber si alguien podía quererla sin perseguir su dinero —dijo Ernesto—. Y tú le diste la respuesta más cara de su vida.
Valeria abrió la carpeta negra.
—El algoritmo central de NexaData no pertenece a tu empresa, Ricardo. Me pertenece a mí. Está registrado desde hace 8 meses bajo una sociedad privada. Tú solo tenías una licencia de uso temporal.
Daniela retrocedió.
—Ricardo… tú dijiste que ese código era tuyo.
Él no la miró.
Valeria deslizó un documento hacia él.
—Hoy, después de escuchar cómo me humillaste, revoco esa licencia. A partir de ahora, NexaData no puede usar ni una sola línea de mi arquitectura predictiva.
Ricardo se levantó tan rápido que su silla cayó al suelo.
—¡No puedes hacer eso! ¡Toda la empresa depende de ese sistema!
—Lo sé —respondió Valeria—. Por eso lo estoy haciendo.
Ricardo giró hacia Ernesto.
—Don Ernesto, por favor. Tenemos una junta a las 2. Si Altavista se retira, los bancos nos van a hundir. Usted no entiende…
Ernesto lo interrumpió con una calma terrible.
—Entiendo perfectamente. También entiendo que usaste tecnología que no era tuya para inflar el valor de tu empresa.
Ricardo empezó a sudar.
—Podemos arreglarlo. Le doy acciones. Le doy la mitad. Le doy lo que quiera.
Valeria tomó la pluma otra vez.
—No quiero tus acciones. Quiero mi nombre de vuelta.
Firmó el primer documento.
En ese instante, la pantalla de la sala se encendió sola. Apareció un noticiero financiero con una franja roja de última hora.
Ricardo leyó el titular y se quedó sin aire.
PARTE 3
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