Fue una palabra pequeña, pero hizo temblar el salón.
Valentina bajó despacio.
—Me dijiste que papá escogería la empresa antes que a mí. Me dijiste que si no firmaba, me mandarías a un lugar donde nadie escucharía mis berrinches. Me dijiste que las niñas como yo se corrigen antes de destruir a sus familias.
Renata apretó la copa hasta casi romperla.
—Eres una malagradecida.
Valentina bajó la mirada.
Maricela contestó desde la puerta:
—La señora Renata.
Alejandro sintió que algo oscuro le subía por el pecho.
Tomó la carta de la cama.
—¿Puedo leerla?
Valentina asintió.
La letra temblorosa decía:
Papá, perdón por irme así. Intenté hablar contigo muchas veces, pero mamá dice que no me vas a creer. Dice que soy dramática, inestable y malagradecida. Dice que si hablo, todos pensarán que soy una niña rica inventando problemas. No culpes a Maricela. Ella fue la única que me dio comida cuando mamá cerró la cocina para castigarme.
Alejandro tuvo que detenerse.
Siguió leyendo.
Hoy me van a mandar a un lugar en Cuernavaca. Mamá dice que ahí corrigen a las muchachas que avergüenzan a sus familias. También quiere que firme unos papeles. Dice que si no firmo, harán creer que estoy enferma.
—¿Qué papeles? —preguntó Alejandro.
Valentina se abrazó a sí misma.
—Los de mi fideicomiso.
Alejandro levantó la vista.
El fideicomiso que su padre había dejado para Valentina al nacer contenía acciones, terrenos y derechos de voto dentro del grupo hotelero. Era intocable hasta su mayoría de edad.
O eso creía.
Maricela sacó un celular viejo de su delantal.
—Tengo grabaciones, señor. No sabía qué hacer. Tenía miedo. Pero cuando escuché que iban a llevársela esta noche, grabé todo.
—¿Qué está pasando abajo? —preguntó Alejandro.
Valentina apretó los labios.
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