“Pero Sofía vive aquí.”
Valeria mantuvo el tono cordial.
“No durante el programa.”
Ramón soltó una risa falsa.
“Bueno, claro, pero hay cosas familiares que revisar. Sofía todavía es muy joven.”
“Cumplí 18 en marzo”, dijo Sofía.
Valeria asintió.
“Todos los documentos están a nombre de Sofía como beneficiaria adulta. No se requiere firma de los padres.”
La sonrisa de Ramón se quebró.
Teresa la miró como si haber crecido sin pedir permiso fuera una traición.
Diego murmuró:
“Entonces le dan todo porque lloró en un micrófono.”
Valeria volteó hacia él por primera vez.
“No”, respondió con calma. “Se le otorgó porque terminó con el promedio más alto de su generación, obtuvo resultados sobresalientes en evaluaciones nacionales, creó un programa gratuito de asesorías en su escuela y escribió uno de los ensayos más sólidos que el comité ha leído este año.”
Diego apartó la mirada.
Ramón se aclaró la garganta.
“Por supuesto. Sabemos que Sofía es brillante. Siempre la hemos apoyado.”
Sofía lo miró.
Lo más triste no era la mentira. Lo más triste era la facilidad con que la decía.
Como si una sonrisa frente a Valeria pudiera borrar los años en que apagaban sus noticias para hablar de Diego. Como si internet no hubiera visto ya las sillas vacías. Como si el mundo no hubiera escuchado a Sofía agradecer a extraños por hacer lo que su familia nunca quiso hacer.
Valeria sacó una tarjeta de la carpeta.
“También hay solicitudes de medios. Dos noticieros nacionales, varios podcasts y prensa local. Podemos ayudarte a responder o rechazar todo.”
Ramón dio un paso al frente.
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