La tapa cayó con un golpe seco.
Cuando regresé al departamento, Mateo reía viendo caricaturas. El sol entraba por la ventana en líneas claras. Mis llaves estaban junto a la puerta. Mi cartera sobre la mesa. Mi celular cargando.
Cosas pequeñas.
Mías.
Esa noche hice hot cakes para cenar. Mateo les puso demasiada miel y no lo corregí.
«Mami», dijo con la boca llena, «¿algún día podemos acampar?»
La pregunta me apretó el pecho.
«¿Acampar?»
«Con cobijas. Y galletas. Pero no junto a la carretera.»
Lo miré bien. No había miedo en su rostro. Solo curiosidad.
«Algún día», dije. «Cuando estemos listos.»
Sonrió.
«Capitán Aullido también va.»
«Capitán Aullido tiene que ir.»
Después de dormirlo, me quedé junto a la ventana. En algún lugar al norte, la carretera seguía cortando el desierto. Los coches seguían pasando por el kilómetro 134. La cámara seguía parpadeando en la oscuridad.
Mis padres me dejaron ahí porque pensaron que el miedo terminaría el trabajo que habían empezado años antes.
Se equivocaron.
El miedo no me terminó.
Los documentó.
Y cuando la verdad tuvo sus nombres, sus rostros, sus placas, sus voces y sus firmas, ya no quedó ningún lugar respetable donde pudieran esconderse.
Ellos se rieron cuando se fueron.
Nunca volvieron a reírse de esa noche.
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