Diego se quedó inmóvil detrás de mí.
Durante un segundo, volvió a parecer el niño flaco que se escondía en el patio cuando mi padre gritaba. Vi su cara perder color, sus manos apretando la carpeta, sus ojos buscando una salida que no fuera la puerta frente a él.
Mi madre lo notó y sonrió apenas.
Ella sabía dónde presionar.
—Diego sacó documentos de nuestra casa —dijo—. Eso tiene nombre.
Ana dio un paso al frente.
—También tiene nombre usar durante años el dinero de tu hijo para pagar las deudas de tu hija.
Mi madre la miró como si una silla hubiera empezado a hablar.
—Tú no te metas.
—Es mi casa —respondió Ana—. Mis hijos viven aquí. Claro que me meto.
Marisol soltó una carcajada seca.
—Ay, por favor. Siempre haciéndose las víctimas. Javier ayudaba porque quería.
La miré.
—Yo ayudaba porque me mentían.
Mi padre levantó la escritura.
—Esta casa es nuestra. Tú no tienes ningún derecho a venir a decirnos cómo manejarla.
—Tienes razón —dije—. Es su casa. Sus deudas. Sus decisiones. Sus consecuencias.
Leave a Comment