Álvaro llamó a su asistente.
—Revoca credenciales de Beatriz y Rodrigo. Suspende aprobaciones individuales de Ernesto. Que solo conserve acceso a reportes financieros.
Valeria no celebró.
Pensaba en los 218 empleados del hotel. Camaristas, cocineros, meseros, recepcionistas, técnicos, choferes, personal de lavandería, seguridad, ventas y mantenimiento. Gente con renta, hijos, deudas, enfermedades, colegiaturas. Gente que Beatriz veía como decoración con uniforme.
Su madre no había sido así.
Lucía Mendoza caminaba por las cocinas en diciembre para preguntar si todos habían comido. Sabía cuándo una camarista necesitaba cambiar turno por su hijo enfermo. Decía que el lujo verdadero no estaba en las lámparas, sino en que nadie tuviera que agachar la cabeza para ganarse el sueldo.
A las 8:20, Valeria entró a una videollamada con los jefes de área.
Los rostros aparecieron tensos.
—Soy Valeria Alcázar Mendoza —dijo—. Desde anoche, el control del Hotel Miramar Reforma y del terreno pertenece al Fideicomiso Lucía Mendoza de Alcázar. La nómina se pagará a tiempo. Los beneficios laborales continúan. Ningún empleado debe obedecer instrucciones de Beatriz Alcázar ni de Rodrigo Salvatierra. Mariana Robles apoyará la operación durante la auditoría.
Héctor Luna, jefe de banquetes, levantó la mano.
—¿Vamos a cerrar?
—No.
Rosa Camacho, supervisora de camaristas, preguntó:
—¿Habrá despidos?
—No por lo ocurrido anoche —respondió Valeria—. Pero si alguien robó dinero del hotel, eso será distinto.
Nadie habló.
Entonces Julián Paredes, chef ejecutivo, carraspeó.
—Su mamá siempre traía pan de muerto para el personal en noviembre.
Valeria sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—De naranja, no de vainilla.
Julián sonrió apenas.
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