Ricardo intentó arrebatar el celular, pero Carolina lo levantó antes de que sus dedos tocaran la pantalla.
—Ni se te ocurra.
La voz le salió baja, pero tan firme que incluso Mariana retrocedió.
Ricardo miró alrededor. La cafetería estaba llena: estudiantes con laptops, una pareja compartiendo pastel, 2 señoras tomando capuchino. Varias personas ya los observaban.
—Carolina, vámonos a casa. Esto no es para hacerlo aquí.
—Mi hija murió en público, Ricardo. Con sirenas, doctores, maestras llorando y gente mirando desde la puerta de urgencias. Tu vergüenza también puede respirar un poco de aire.
Él tragó saliva.
—Yo no quería que pasara.
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