La orden de protección siguió vigente.
La casa quedó bajo el fideicomiso para Camila.
En enero, Mariana y Camila volvieron a la casa sin policías ni abogados.
Adentro olía a encierro.
Rebeca se había llevado el candelabro del comedor, dos espejos, las macetas del patio y hasta los rosales que Tomás había plantado años atrás. El piso tenía rayones profundos por muebles arrastrados con rabia.
Camila se quedó en la entrada.
“¿Tenemos que vivir aquí?”
“No”, dijo Mariana.
“Pero es nuestra.”
“Que algo sea nuestro no significa que tengamos que entregarle nuestra vida.”
Así que decidieron venderla.
Un contratista reparó los daños. La abogada corrigió los registros. Doña Teresa llevó pan dulce el sábado en que Camila pintó de verde claro las paredes de su antiguo cuarto.
Quiso hacerlo ella misma.
Quiso borrar con sus propias manos el lugar donde la habían hecho sentirse sobrante.
La venta se cerró en abril.
Mariana usó parte del dinero para comprar la casita que rentaban cerca de la escuela: dos recámaras, cocina amarilla y un patio pequeño donde Camila sembró girasoles.
El resto quedó en una cuenta educativa a nombre de Camila, como Tomás lo había querido desde el principio.
El primer aniversario de aquella noche volvió a llover.
Camila ya tenía 12 años.
A veces todavía revisaba la cerradura antes de dormir, pero ya no lo hacía 6 veces. Ya no preguntaba cada tarde si de verdad podía quedarse en casa.
Esa noche, Mariana la encontró sentada junto a la ventana con su cuaderno de dibujos.
“¿Qué estás dibujando?”
Camila giró la hoja.
Era un porche, pero no el de la antigua casa. Este tenía dos sillas, una maceta colgante, un tapete de bienvenida y una puerta amarilla.
Dentro de la casa, una niña miraba la lluvia desde un lugar seguro.
A su lado, una mujer apoyaba una mano sobre su hombro.
Lejos, detrás de una reja, había tres figuras oscuras casi invisibles.
“¿Cómo se llama?”, preguntó Mariana.
Camila sonrió.
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