PARTE 2
Mauricio leyó el segundo mensaje en medio del lobby del hotel, rodeado de mármol blanco, flores tropicales y turistas que llegaban con sombreros de paja y ganas de olvidar el mundo.
Él, en cambio, acababa de recordar que el mundo sí cobra factura.
“Por cierto”, decía mi mensaje, “congelé las cuentas compartidas, denuncié el uso indebido de fondos corporativos y envié al consejo administrativo todos los comprobantes de tus viajes, regalos y depósitos a Elena. Disfruta Cancún. Ya no estás autorizado a usar mi tarjeta, mi departamento ni mi empresa.”
Mauricio se quedó inmóvil.
Elena se acercó, todavía aferrada al asa de su maleta.
“¿Qué pasa?”
Él no respondió.
“¿Mauricio?”
Entonces él levantó la mirada, pálido, con una rabia tan desnuda que por primera vez Elena retrocedió.
“Llama a tu familia”, le ordenó. “A quien sea. Necesitamos dinero.”
Ella parpadeó.
“¿Dinero? Pero tú dijiste que todo estaba pagado.”
“¡Llama!”
El gerente del hotel se acercó con una sonrisa profesional.
“Señor Rivas, tenemos un problema con la tarjeta registrada para la suite. Fue rechazada al intentar procesar el depósito final.”
Mauricio recuperó de golpe su voz de empresario importante.
“Debe ser un error. Soy Mauricio Rivas, director general de Grupo Altamar.”
El gerente mantuvo la sonrisa, pero sus ojos no se movieron.
“Lo sabemos, señor. Justamente por eso recibimos una notificación del área legal de la empresa hace cuarenta minutos.”
Elena se puso rígida.
Mauricio dio un paso al frente.
“¿Qué notificación?”
El gerente bajó la voz.
“Se nos informó que usted no cuenta con autorización para cargar gastos personales a ninguna cuenta corporativa mientras se realiza una auditoría interna.”
La palabra auditoría cayó entre los tres como un plato rompiéndose.
Elena miró a Mauricio.
“¿Auditoría? Tú me dijiste que Mariana no sabía nada.”
Mauricio la fulminó.
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