La Fiscalía cerró el pasillo del hospital antes del mediodía. Lo que había comenzado como una tragedia familiar se convirtió en una investigación criminal que hizo temblar a todos los que habían estado cerca de Mateo durante sus últimas horas.
Valeria permaneció sentada junto a la cama de su hijo, con una mano sobre la sábana blanca y la otra apretando el dinosaurio de peluche que ya no podía tocar. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Mateo con la mascarilla de oxígeno, tratando de sonreír para no preocuparla.
—Mamá, ¿ya viene papá?
Y ella, destruida por dentro, mintiendo:
—Sí, mi amor. Ya viene.
Alejandro estaba sentado al otro lado del pasillo, vigilado por un agente. No estaba esposado, pero su vida ya parecía una cárcel. Había confesado la aventura, había entregado sus mensajes, su ubicación, sus estados de cuenta y el nombre del restaurante donde cenó con Renata antes de perder la memoria.
Los análisis confirmaron algo inesperado: Alejandro había sido sedado.
La botella de champaña en la suite tenía rastros de una sustancia para dormir. Renata también había sido drogada antes de morir. La Fiscalía creía que Mariela la había usado como carnada y luego la eliminó cuando quiso arrepentirse.
Pero eso no limpiaba a Alejandro.
Valeria se lo dijo cuando él intentó acercarse.
—Que te hayan usado no borra que tú abriste la puerta.
—Lo sé —respondió él, con la voz destruida—. Yo elegí ir. Yo elegí mentirte. Yo elegí no estar en casa.
—Mateo no murió porque fuiste infiel —dijo ella—. Pero murió esperándote porque fuiste cobarde.
Alejandro no pudo sostenerle la mirada.
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