Primero se escuchó música de cantina, risas, vasos chocando. Luego apareció la voz de Valeria, arrastrada por el alcohol y la soberbia.
—¿De verdad creen que Mariana ganó por casarse con Santiago? Pobrecita. Esa niña siempre fue fácil de aplastar.
Mariana se llevó una mano a la boca.
Santiago quedó inmóvil.
El audio siguió.
—Beatriz era una tonta. Tan correcta, tan enamorada. Yo robé esas fotos, usé el celular de Mariana y mandé todo. Lo mejor fue que Beatriz creyó que su amiga la había traicionado. Y Mariana se quedó callada para proteger el trabajo miserable de su mamá.
Beatriz cerró los ojos.
Teresa sintió ganas de vomitar.
—Las tuve bailando a todas —continuó Valeria en la grabación—. Beatriz perdió a Santiago. Mariana cargó con la culpa. Y Santiago se quedó con tanto odio que algún día iba a quemar su propia vida. Solo tuve que esperar.
El audio terminó.
El silencio que quedó después fue espeso, casi físico.
Santiago dio un paso hacia Mariana.
—Perdóname.
Teresa se interpuso.
—No.
—Mamá, por favor.
—No conviertas otra vez tu culpa en una exigencia para ella —dijo Teresa—. Ya la obligaste a cargar con un castigo que no merecía. No le pidas ahora que cargue también con tu arrepentimiento.
Santiago bajó la cabeza.
Beatriz habló con voz serena:
—Yo también fallé. Mariana me buscó varias veces y no quise escucharla. Preferí odiarla porque era más fácil que aceptar que me habían manipulado.
Mariana no dijo nada. Sus ojos estaban rojos, pero su espalda seguía recta.
Al mediodía llegó Rosa, la madre de Mariana. Una mujer sencilla, de manos trabajadas, que entró a la hacienda sin bajar la mirada.
—Vengo por mi hija —dijo.
Santiago se arrodilló frente a ella.
Leave a Comment