—No le estoy quitando nada. Estoy recuperando lo mío.
La notaria puso los documentos frente a Elena.
La mano de la mujer tembló.
No de culpa.
De coraje.
Firmó.
Cada trazo sonó como una puerta cerrándose.
Cuando salieron, Patricia alcanzó a Valeria en la banqueta.
—Mauricio se fue con los niños a casa de su mamá —confesó—. Dice que necesita pensar. Yo… yo destruí mi matrimonio por aparentar que podía con todo.
Valeria la escuchó.
No la abrazó.
Tampoco la humilló.
—Lo siento por los niños —dijo.
Patricia asintió.
—Yo también. Y siento lo que te hice. No te lo digo para que me prestes dinero. Te lo digo porque lo mereces.
Valeria respiró.
—Entonces empieza por no pedirme que olvide rápido.
Patricia lloró más fuerte, pero aceptó.
Rubén salió detrás con el celular en la mano.
—Pues felicidades. Ya tienes tu departamento y tu teatro. No cuentes conmigo jamás.
Valeria casi sonrió.
—Rubén, nunca conté contigo. Contabas conmigo tú.
Él no tuvo respuesta.
Doña Elena salió al final. Se veía más pequeña, pero no más humilde.
—Vas a terminar sola, Valeria.
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