Valeria leyó el mensaje 5 veces.
“El departamento de su papá.”
Se sentó en el borde de la cama, con el celular en la mano y la boca seca.
Su padre, don Ignacio, había tenido un pequeño departamento en Portales. No era lujoso, pero era suyo. Cuando murió de un infarto, doña Elena dijo que el lugar estaba lleno de deudas, que había que venderlo rápido y que no convenía meter abogados porque “la familia no se pelea por ladrillos”.
Valeria tenía 27 años entonces. Estaba destrozada, trabajando horas extras y pagando parte del funeral.
No preguntó.
Confió.
Ahora, 6 años después, una vecina le escribía que ese departamento seguía existiendo.
Valeria respondió:
“¿Qué sabe?”
Teresa contestó casi de inmediato:
“Su mamá lo renta desde hace años. Siempre dijo que era de ella. Pero un día escuché a su papá decir que lo había dejado para usted.”
Valeria no durmió.
A la mañana siguiente pidió permiso en el trabajo y fue al Registro Público con una carpeta bajo el brazo. Tardó horas, hizo filas, pagó copias, explicó nombres, fechas, direcciones.
A las 2:35 de la tarde, una funcionaria le entregó una copia simple de la escritura.
Valeria leyó su propio nombre y sintió que las piernas le temblaban.
Propietaria: Valeria Morales Aguirre.
El departamento de Portales era suyo.
Su padre lo había dejado a su nombre antes de morir.
Doña Elena no solo la había usado.
También le había ocultado una propiedad durante 6 años y había cobrado renta de algo que no le pertenecía.
Valeria salió del edificio con la escritura apretada contra el pecho.
Esta vez sí lloró.
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