—¿Hicimos mal?
Sentí la garganta cerrarse.
—No. Nos fuimos porque nadie tiene derecho a lastimar a tu mamá. Nadie. Ni siquiera alguien de la familia.
Mateo pensó un momento.
—¿Y si dice perdón?
—Entonces tiene que demostrar que entiende lo que hizo.
Esa noche, cuando Mateo se durmió, Mariana y yo nos sentamos en la cocina. La marca en su mejilla se había oscurecido. Yo no podía dejar de mirarla.
—No quiero venganza —dijo ella—. Quiero que deje de pasar.
—Va a dejar de pasar.
—¿Cómo?
Tomé el celular apagado sobre la mesa.
—No volviendo a fingir que esto fue normal.
Al encenderlo, entraron 23 mensajes.
Uno de ellos no era de mi madre.
Era de Rodrigo.
Decía:
Daniel, hay algo que no sabes de lo que Vanessa hizo antes de la cena.
Y cuando lo leí completo, sentí que la sangre se me fue a los pies.
PARTE 3
El mensaje de Rodrigo tenía una captura de pantalla.
Era de un grupo familiar donde yo no estaba. Mi madre, Vanessa, Rodrigo, una tía de Querétaro y otros primos hablaban desde días antes de la cena. Al principio eran mensajes normales sobre el menú, los regalos y quién llevaría ponche. Luego apareció Vanessa.
No quiero que Mariana se siente junto a mamá. Siempre se hace la santa.
Mi madre respondió:
Déjala. Daniel se molesta si le digo algo.
Vanessa insistió:
Pues alguien tiene que bajarla de su nube. Desde que trabaja en el hospital se cree indispensable.
Después venía lo peor.
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