No volví esa noche a la casa de Graciela.
Antes de la cárcel, habría pateado la puerta hasta romperla. Habría gritado. Habría dado a Iván justo el espectáculo que necesitaban para volver a llamarme violento.
Pero 3 años encerrado me enseñaron algo brutal: la rabia sin pruebas solo alimenta a los mentirosos.
Dormí en el piso frío de la bodega, abrazando la mochila donde había guardado la memoria USB, la carta y las carpetas más importantes. No dormí de verdad. Cerré los ojos y escuché una y otra vez la voz de mi padre diciendo: “No permitas que ella decida dónde termina mi historia.”
A la mañana siguiente fui a una clínica legal para personas recién liberadas.
Ahí conocí a la licenciada Marisol Robles.
Era una mujer seria, de cabello recogido y mirada afilada. No me prometió justicia. Eso fue lo que me hizo confiar en ella.
Revisó los documentos durante casi 3 horas.
Cuando terminó, dejó los lentes sobre la mesa.
—Mateo, esto no es solo una apelación. Aquí hay fraude, falsificación, robo de identidad, manipulación de testamento y posible ocultamiento de restos. Si lo hacemos bien, podemos limpiar tu nombre. Pero ellos van a pelear sucio.
—Ya me quitaron 3 años —dije—. No pienso regalarles el resto.
Marisol cerró la carpeta.
Leave a Comment