Al final de la audiencia, Víctor siguió bloqueado de todas las cuentas corporativas. Se le prohibió vender, mover, ocultar o endeudar bienes del matrimonio. Su pasaporte quedó retenido. Renata tuvo que entregar sus comunicaciones, contratos y estados bancarios relacionados con la empresa fantasma.
Cuando la jueza salió, Víctor empujó la silla hacia atrás.
—Mariana.
Lucía tocó mi brazo, pero yo negué suavemente. Quería escuchar la última escena que él había preparado.
Se acercó con los ojos rojos de rabia.
—Tú planeaste todo.
—Sí.
Mi respuesta lo golpeó más que cualquier insulto.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me llamaste estorbo en mi propia casa y luego le compraste un departamento a Renata con dinero de la empresa de mi padre.
Su boca se torció.
—Me tendiste una trampa.
—No, Víctor. Te dejé hablar. Te dejé firmar. Te dejé escribir. Tú hiciste el resto.
Dio un paso más.
—El consejo no te va a querer al frente. Ellos me respetan.
—Te toleraban porque yo corregía tus desastres.
Por primera vez en 12 años, Víctor no supo qué contestar.
Las semanas siguientes fueron duras, pero no caóticas. Yo ya había preparado cada movimiento.
El primo de Renata intentó borrar archivos de una oficina rentada en Querétaro, pero la Fiscalía ya tenía copias obtenidas del servidor. Renata primero dijo que no sabía nada. Después aceptó que había ayudado a abrir cuentas porque Víctor le prometió una vida nueva en España. Cooperar redujo sus problemas, pero no los borró.
Víctor peleó todo.
Peleó el divorcio.
Peleó la demanda.
Peleó su salida de la empresa.
Incluso peleó por quedarse con los aretes de esmeralda de mi madre, diciendo que eran “parte del hogar conyugal”, hasta que Lucía presentó una foto de mi graduación donde yo los usaba 4 años antes de conocerlo.
Cada mentira traía un documento.
Cada documento cerraba otra puerta.
El consejo se reunió el 18 de enero en la sala principal de nuestra oficina en Santa Fe. Doce personas alrededor de una mesa larga, todas con cara de funeral elegante. Don Arturo Beltrán habló primero.
—Mariana, nadie duda de tu capacidad, pero el escándalo puede afectar la confianza de los hospitales.
—Estoy de acuerdo —dije.
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