La audiencia se celebró dos días después, en un juzgado de la Ciudad de México.
Víctor llegó con un traje azul marino que antes le habría quedado impecable. Ese día se le veía arrugado, cansado, pequeño. Me sorprendió darme cuenta de cuántas cosas invisibles había hecho por él durante años: tintorería, discursos corregidos, regalos para socios, disculpas redactadas, reuniones salvadas, errores maquillados. Sin mí, Víctor no parecía un empresario brillante. Parecía un hombre que había confundido arrogancia con inteligencia.
Renata se sentó atrás, junto a su defensora. Ya no llevaba joyas. Mi pulsera de diamantes había sido recuperada y fotografiada como evidencia.
La jueza Patricia Robles entró a las 9:10. No perdió tiempo.
El abogado de Víctor se levantó primero.
—Su señoría, mi cliente fue bloqueado de cuentas personales y corporativas por una reacción emocional de su esposa. El señor Salcedo ha sido director ejecutivo de Logística Médica Salcedo durante años y necesita acceso a recursos para vivir y defenderse.
La jueza lo miró por encima de sus lentes.
—¿Su cliente intentaba salir del país cuando las cuentas fueron bloqueadas?
El abogado se tensó.
—Tenía un viaje de negocios.
Lucía se puso de pie.
—Un viaje sin regreso a Madrid, su señoría. Con su amante. Con boletos comprados bajo nombres alterados, ciento noventa mil dólares en efectivo, cheques certificados de cuentas corporativas y joyería perteneciente a mi clienta.
La sala quedó en silencio.
La jueza giró hacia Víctor.
—¿Niega usted eso?
Víctor apretó la mandíbula, pero no respondió.
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