—No, papá. Todavía no.
El hombre apretó el sobre contra el pecho.
—Yo dije una estupidez por borracho. Nunca pensé que Daniela…
—Pero sí pensaste que una casa valía más que conocernos de verdad —lo interrumpió Sofía—. La convertiste en premio. Ella convirtió mi vida en obstáculo. Y mamá aplaudió porque le convenía creer que yo era la hija fría.
Doña Rebeca sollozó.
—Yo no sabía.
Sofía la miró con una tristeza limpia, sin rabia.
—No quisiste saber. Es diferente.
Ese silencio sí dolió.
Daniela empezó a caminar hacia la salida, pero Alejandro se interpuso.
—También hay una denuncia contra Clara Montes —dijo—. Y contra ti, Daniela, por fraude, daño moral y lo que el abogado de Sofía determine. No sé hasta dónde llegue, pero esta vez no vas a resolverlo con una comida familiar.
Daniela lo empujó del hombro.
—Tú no eres inocente. Tú te fuiste. Tú elegiste a Renata.
Alejandro asintió, derrotado.
—Sí. Y voy a cargar con eso. Pero cargar con mi culpa no significa seguir protegiendo la tuya.
Renata tomó la carriola y se apartó.
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