“Seguro lo imprimió en un café internet.”
En ese instante sonó el timbre.
Rodrigo abrió y volvió con una sonrisa de alivio. Detrás de él entró Héctor Salinas, impecable, con un portafolio de piel.
“Familia, él es el director de Grupo Automotriz Morales”, anunció Rodrigo. “Nuestro cliente más importante.”
Los parientes se pusieron de pie.
Héctor no saludó a Rodrigo. Caminó hasta Teresa, inclinó la cabeza y le entregó el portafolio.
“Licenciada Teresa Morales, aquí están las cancelaciones oficiales, las demandas civiles y la denuncia para la Fiscalía.”
El comedor se quedó sin aire.
“¿Licenciada?”, murmuró Rodrigo.
Teresa se quitó los lentes.
“El taller que despreciaste es la empresa que mantuvo viva a Industrias Aranda durante 8 años. Cada contrato grande que presumiste salió de mis filiales. Cada extensión de pago la autoricé yo, porque mi hija te amaba.”
Rodrigo abrió la boca, pero no encontró palabras.
“Oculté mi dinero porque Mariana quería saber si la querías por ella misma. Tú respondiste golpeándola, humillándola y usando su nombre para cometer fraude. Mi poder no te destruyó, Rodrigo. Te destruyó tu codicia.”
Héctor abrió el portafolio.
“La empresa fantasma será impugnada por robo de identidad. El crédito de 216 millones está bajo investigación por fraude, falsificación y administración ilícita.”
Rodrigo cayó de rodillas.
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