Alejandro Salvatierra llegó a la gala convencido de que aún podía controlar la historia.
Hombres como él no temen a la verdad mientras creen que pueden vestirla con traje, perfumarla con dinero y sentarla en una mesa reservada.
El evento se celebró en un hotel elegante de la zona de Juriquilla. Había flores blancas, copas altas, música suave y cámaras listas para fotografiar a empresarios sonriendo junto a niños becados.
Todo brillaba demasiado.
Y a veces, donde todo brilla, alguien está escondiendo una mancha.
Alejandro saludaba con abrazos fuertes, palmadas en la espalda y frases impecables. A su lado estaba Karla Mendoza, con vestido plateado, labios rojos y una seguridad prestada que empezó a caerse apenas vio entrar a Lucía.
Lucía no llevaba joyas. No llevaba escándalo en la cara. Llevaba un vestido azul marino sencillo, el cabello recogido y una calma que a Mariana le pareció más poderosa que cualquier grito.
Antes de salir de casa, se había quitado el anillo de bodas y lo había dejado sobre un plato de barro en la cocina.
Nadie dijo nada.
Hay despedidas que no necesitan ruido.
A las 8:17, Claudia llegó con un sobre sellado. Arturo caminaba detrás, serio, observando cada puerta como si todavía trabajara en la Fiscalía.
Alejandro los vio.
Su sonrisa tembló apenas un instante.
“Lucía”, dijo acercándose con los brazos abiertos, como si nada hubiera pasado. “Qué bueno que viniste. Podemos hablar como adultos.”
Ella no se movió.
“No vine a hablar contigo.”
Karla frunció el ceño.
“¿Qué está pasando, Ale?”
Antes de que pudiera responder, entró un hombre alto, de traje oscuro y mirada cansada. Era Rodrigo Mendoza, esposo de Karla.
Se detuvo frente a ella.
“Nos vamos a hablar afuera”, dijo en voz baja.
Karla se puso blanca.
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