No fue un llanto fuerte. Fue peor. Fue un sonido pequeño, agotado, como si por fin alguien hubiera abierto una puerta dentro de ella y todo el dolor empezara a salir sin permiso.
—Me decía que tú ya no me querías —susurró Valeria mirando a Alejandro—. Me decía que trabajabas hasta tarde porque no soportabas verme. Me decía que si hablaba, iba a quitarme a Emiliano.
Alejandro sintió que algo se le rompía en el pecho.
Se acercó a ella y tomó al bebé con cuidado. Emiliano seguía llorando, rojo, sudado, con la frente caliente. Alejandro le besó la cabeza y miró a su madre.
—Torturaste a mi hijo para destruir a su madre.
—¡No exageres! —gritó Teresa—. Los bebés lloran. Las mujeres débiles se rompen. Yo te crié para no cargar con gente inútil.
—Me criaste para creer que el apellido importaba más que las personas —respondió él—. Pero hoy se termina.
Teresa cambió de estrategia. Sus ojos se llenaron de lágrimas falsas.
—Soy tu madre, Alejandro. Todo lo hice por ti. Esa mujer no pertenece a nuestra familia. Tú necesitabas a alguien de tu nivel, no a una muchacha que se desmorona con un bebé.
Valeria bajó la mirada.
Pero esta vez Alejandro no permitió que el silencio ganara.
—Valeria no se desmoronó —dijo—. La envenenaste. La aislaste. Le quitaste el sueño. Le metiste miedo. Y aun así, siguió protegiendo a nuestro hijo.
En ese momento sonó el timbre.
Dos agentes de la Fiscalía entraron acompañados por paramédicos. El abogado de Alejandro venía detrás, serio, con una carpeta bajo el brazo.
Teresa abrió los ojos como si por primera vez entendiera que su mundo de favores, apellidos y donativos no iba a salvarla.
—¿Qué significa esto?
—Significa que las grabaciones ya están en manos de la Fiscalía —respondió Alejandro—. También el video donde drogas el agua de Valeria. Y el testimonio del fotógrafo.
El fotógrafo levantó ambas manos.
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