A las once, llegó un mensaje de voz de mi madre.
—Mara, no sé qué teatro estás armando, pero el banco llamó. Dicen que la cuenta que cubría los atrasos fue cancelada. Tú no tienes derecho a hacerme esto. Esa casa es mía.
Esa casa es mía.
La frase sonó pequeña por primera vez.
A las doce, Ramiro recibió la confirmación formal: el banco reactivaría el proceso de embargo si los adeudos no se cubrían en treinta días. El monto era de nueve millones ochocientos mil pesos entre intereses, multas y créditos vencidos.
Paulina llegó a mi casa a la una.
Venía con lentes oscuros, una caja de pan dulce y la dignidad hecha trizas. Andrés abrió la puerta, pero no la dejó pasar de la entrada.
—Vengo a hablar con mi hermana —dijo ella.
Me acerqué.
—Habla.
Paulina se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos.
—Mamá está mal.
—Sofía también.
Bajó la mirada.
—Yo no sabía que la iba a jalar así.
—Pero me detuviste.
—Me asusté.
—Mi hija tiene cuatro años, Paulina. Ella también se asustó.
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