—No vendas nada todavía. Voy para allá.
Una hora después, Héctor llegó con 3 trabajadores de la constructora. Luego llegaron otros 2. Y después un cliente antiguo al que Leonardo le había arreglado la casa cuando nadie quería tomar el trabajo por barato.
Héctor había contado lo ocurrido en el grupo de la empresa.
Los albañiles, electricistas y ayudantes juntaron dinero ahí mismo. Algunos llevaban billetes arrugados de 200 pesos. Otros hicieron transferencias desde celulares con pantallas quebradas. Un maestro de obra llamado Don Chuy dejó sobre la mesa lo que había guardado para la inscripción escolar de su hijo.
Leonardo quiso negarse.
Don Chuy lo miró serio.
—Patrón, usted me pagó completo cuando mi esposa enfermó y yo falté 2 semanas. Hoy no se haga el orgulloso.
El orgullo de Leonardo se quebró.
También llegó una doctora del hospital. Había trabajado con Mariana durante años.
—Hablé con dirección. Autorizaron un convenio de pago. Ella ayudó a muchas familias a llenar formatos cuando nadie tenía paciencia. Ahora nos toca ayudarla a ella.
Doña Elvira lloró en silencio.
Doña Consuelo se quedó en una esquina, viendo cómo personas que no llevaban la misma sangre estaban haciendo lo que ella no había sabido hacer: acompañar sin juzgar.
Antes de entrar a cirugía, Mariana pidió ver a Leonardo.
Él se acercó a la camilla.
—Tengo miedo —admitió ella.
Leonardo le besó la frente.
—Yo también.
—Pensé que ibas a decirme que todo saldrá bien.
—No voy a mentirte para sonar fuerte. Pero sí puedo prometerte algo: nunca más vas a tener miedo sola.
Mariana cerró los ojos. Una lágrima le bajó por la sien.
—¿Rompiste los papeles?
Leonardo sacó el sobre café de su chamarra. Los papeles estaban doblados, arrugados, manchados por la lluvia de la tarde.
—Todavía no.
Ella lo miró con dolor.
Entonces él los rompió frente a ella, hoja por hoja.
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