PARTE 2
Mariana miró el sobre como si fuera una sentencia.
Después levantó los ojos hacia Leonardo.
—Viniste a dejarme.
Él quiso responder, pero la voz no le salió.
Durante meses había imaginado una escena distinta. Mariana negando una traición. Mariana confesando otro amor. Mariana pidiéndole perdón por haber destruido lo que tenían.
Pero frente a él no había una mujer culpable.
Había una mujer enferma, delgada, con la piel sin color, usando manga larga en pleno calor para ocultar las marcas de agujas en los brazos.
—Yo pensé que tú ya te habías ido —dijo Leonardo por fin.
Mariana apretó los labios.
—Nunca dejé de amarte.
Aquello le abrió el pecho.
Doña Elvira salió detrás de su hija con un pañuelo en la mano.
—Pasa, Leonardo. Ya escuchaste lo que ella no tuvo valor de decirte.
La sala olía a té de manzanilla y medicina. Sobre la mesa había carpetas, recibos, estudios clínicos, recetas, papeles del hospital y una libreta donde Mariana había anotado cantidades con letra pequeña.
Leonardo tomó una hoja.
Tumor agresivo.
Tratamiento urgente.
Cirugía de alto riesgo.
Fecha programada: lunes.
Faltaban 4 días.
—¿Desde cuándo? —preguntó él.
Mariana se sentó despacio, como si el cuerpo le pesara demasiado.
—Desde hace 7 meses.
Leonardo recordó los turnos dobles, los sábados en casa de su madre, las comidas intactas, la ropa holgada, las noches en que ella decía tener frío aunque la ventana estuviera cerrada.
—¿Y todo este tiempo me dejaste creer que no me querías?
Mariana lloró sin hacer ruido.
—Creí que era mejor.
—¿Mejor para quién?
—Para ti. Para tu empresa. Para tu vida.
Leonardo soltó una risa amarga.
—Mi vida estaba durmiendo al lado de mí y yo no sabía que se estaba apagando.
Doña Elvira puso sobre la mesa una bolsita de terciopelo vacía.
—Empeñó la medalla de su abuela en el Monte de Piedad. También vendió sus aretes de boda. Pagó medicamentos con sus ahorros y aceptó turnos extra para que tú no vieras los recibos.
Leonardo sintió vergüenza. Una vergüenza pesada, brutal.
Mientras él la imaginaba en brazos de otro hombre, Mariana vomitaba en casa de su madre para que él no la viera débil.
Mientras él escuchaba a su familia decir que lo estaban engañando, ella estaba vendiendo recuerdos para no tocar el dinero de ambos.
—Perdóname —dijo él.
—No —susurró Mariana—. Perdóname tú. Yo decidí por los dos.
Leonardo tomó los papeles del divorcio y los puso sobre la mesa.
—Esto casi fue el error más grande de mi vida.
Mariana bajó la mirada.
—Tal vez todavía quieras firmarlos cuando sepas todo.
—Ya sé lo suficiente.
—No. Falta lo peor.
Abrió la libreta y señaló una cifra.
El hospital exigía un anticipo que Mariana no tenía. La cirugía podía posponerse si no completaban el pago antes del viernes.
Leonardo miró la cantidad.
Era más de lo que tenían ahorrado.
—Vendo la camioneta de carga —dijo.
—No.
—Entonces una mezcladora.
—Si haces eso, pierdes el contrato de Santa Fe.
—Consigo otro.
—Ese contrato era tu sueño.
Leonardo le tomó las manos. Estaban heladas.
—Tú no eres el precio que voy a pagar por un contrato.
En ese momento, la puerta se abrió sin que nadie tocara.
Doña Consuelo entró con Renata detrás. Habían seguido a Leonardo porque sospechaban que Mariana “armaría un drama”.
Doña Consuelo vio los estudios médicos, luego el sobre del divorcio.
—Qué conveniente —dijo con desprecio—. Ahora resulta que está enferma justo cuando mi hijo por fin iba a dejarla.
Mariana se quedó blanca.
—Mamá, basta —ordenó Leonardo.
—No. Ya lo manipuló meses con silencios. Ahora lo va a manipular con lástima.
Renata agregó:
—¿Y si todo es mentira? Hay mujeres que hacen cualquier cosa para no perder una casa.
Doña Elvira se levantó furiosa.
—¡Mi hija puede perder la vida y ustedes hablan de una casa!
Mariana intentó ponerse de pie, pero se llevó una mano al abdomen. Su respiración se cortó.
Leonardo la alcanzó antes de que cayera.
—Mariana.
Ella apenas pudo decir:
—No peleen… por favor…
Y mientras Leonardo la sostenía entre sus brazos, el celular de doña Elvira sonó.
Era el hospital.
La cirugía ya no podía esperar hasta el lunes.
Tenían que internarla esa misma noche.
PARTE 3
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