—¡Todo esto es de ella! —gritó, señalando a Valeria—. ¡Ella me provocó! ¡Ella me obligó a defenderme!
Esa frase terminó de enterrarlo.
No fue una confesión legal. Fue algo peor ante los ojos de todos: el retrato exacto de un hombre que jamás había entendido la diferencia entre amor y posesión.
Valeria bajó del altar despacio.
El mármol estaba frío bajo sus pies descalzos. A cada paso, las cámaras seguían su rostro. Pero ella ya no pensaba en las revistas, ni en los socios, ni en la gente que hasta esa mañana había celebrado su condena con copas de champaña.
Se detuvo frente a Andrés.
Él respiraba rápido.
Por primera vez, parecía pequeño.
—Valeria —dijo, cambiando el tono—. Mi amor, escucha. Podemos arreglarlo. Tú y yo. Yo estaba presionado. Daniela me manipuló. Tu padre nunca me aceptó. Yo solo quería un lugar.
Ella lo observó con una calma que lo asustó más que cualquier grito.
—Tuviste un lugar —respondió—. Te sentaste en nuestra mesa, entraste a nuestra empresa, caminaste por nuestra casa, usaste mi apellido para abrir puertas. Y aun así quisiste quitarnos hasta la voz.
Andrés tragó saliva.
—Yo te amaba.
Valeria negó lentamente.
—No. Tú amabas verme obedecer.
Él intentó acercarse, pero el agente lo sostuvo.
—Vas a arrepentirte.
Valeria inclinó la cabeza.
—Me arrepiento de una sola cosa. De haber confundido tus disculpas con cambios.
Las palabras lo golpearon más fuerte que una bofetada.
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