La amenaza de Andrés quedó suspendida en el aire como humo negro.
Durante unos segundos, nadie habló.
Valeria seguía de pie frente al altar, con el vestido caído a sus pies y los moretones expuestos bajo la luz blanca de la iglesia. Ya no parecía una novia. Parecía una mujer que había salido caminando de un incendio con las manos llenas de ceniza y la verdad entre los dientes.
Andrés, con las muñecas esposadas, sonreía como si aún pudiera ganar.
—Diles, Valeria —murmuró—. Diles que tu padre no era tan limpio. Diles que hay archivos, contratos, pagos, nombres. Todo guardado. Si yo caigo, ustedes caen conmigo.
Ernesto Montes apretó la mandíbula.
Por primera vez en toda la ceremonia, Valeria sintió miedo verdadero.
No por Andrés.
Por la posibilidad de que su padre hubiera ocultado algo.
La mente le arrojó recuerdos como vidrios rotos: juntas cerradas, llamadas interrumpidas, cajas de documentos en el estudio de su madre, silencios viejos dentro de una casa demasiado grande.
Andrés vio la duda en su rostro y disfrutó cada segundo.
—Eso es —susurró—. Ahora entiendes. No eras la heroína. Eras una niña jugando con fuego.
Marisol se acercó a Valeria.
—No lo escuches.
—¿Y si es cierto? —preguntó Valeria en voz baja.
Ernesto dio un paso al frente.
—Entonces se abre todo. También lo mío.
Valeria lo miró.
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