“Deja de hacer teatro.”
“El teatro empezó cuando mandaste ese licuado al taller”, gritó Mariana.
Rebeca chilló: “¡Llamen a la policía!”
Mariana levantó la mirada.
“La policía ya está aquí.”
Mauricio apretó más fuerte. Su dedo estaba a centímetros de la tinta cuando una voz ronca partió la sala.
“Quita tus manos de mi esposa.”
Nadie respiró.
Daniel estaba sentado en la cama. Temblaba, pálido, casi sin fuerzas, pero tenía los ojos abiertos y llenos de rabia.
Rebeca retrocedió como si hubiera visto un fantasma.
“Hijo…”
“No vuelvas a llamarme así”, dijo Daniel.
Don Ernesto soltó el bastón. El doctor Rivas miró hacia la puerta, buscando escape.
Daniel fijó la vista en Mauricio.
“Los escuché. Escuché cuando le pediste al doctor que me diera más medicamento. Escuché a mamá preguntar cuánto tiempo tenía que verme como vegetal. Escuché a papá decir que Mariana sería la culpable. Y te escuché celebrar que mi accidente había llegado justo a tiempo para pagar tus deudas.”
Mauricio levantó las manos.
“Estás confundido por las medicinas.”
“Las que tú ordenaste sin receta real.”
Tomás Salgado salió del comedor con la doctora Robles, el notario y el perito. La pantalla grande se encendió. Aparecieron transferencias, firmas falsificadas, pólizas alteradas y mensajes de Mauricio a Brenda.
Luego apareció el video del jardín.
Mauricio entregaba un sobre de dinero al doctor Rivas.
“El reporte debe verse profesional”, decía en la grabación. “Nada que indique que puede hablar o pensar.”
Después apareció Don Ernesto en su despacho.
“Haz que la esposa firme. Si se niega, hacemos que parezca inestable. Para eso son las pastillas.”
Rebeca empezó a llorar de verdad.
“Solo quería salvar a mis hijos.”
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