“¿Me estás corriendo?”
Claudia sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no hizo ruido. No fue una explosión. Fue una puerta cerrándose despacio.
“No”, dijo. “Tú saliste de esta casa cuando decidiste arriesgarla sin preguntarme.”
“Claudia, por favor. Estoy desesperado. Mi papá me presionó. La empresa está mal. Si ese préstamo no sale, perdemos todo.”
“Entonces ibas a salvar la empresa de tu padre con la casa que mis padres compraron para salvarme a mí.”
Ricardo no contestó.
Porque por fin la frase completa estaba sobre la mesa.
Don Manuel se acercó a su hija.
“Mi niña, si quieres, nos vamos. No tienes que aguantar esto hoy.”
Claudia negó con la cabeza.
“No, papá. Los que se van son ellos.”
Doña Elvira empezó a llorar.
“Ricardo, dile algo. Arregla esto.”
Ricardo miró a Claudia, luego a su vientre.
“¿Y nuestra bebé?”
Claudia sintió una punzada de dolor, pero no cedió.
“Mi hija necesita un padre que la proteja. No un hombre que firme su futuro en blanco para complacer a su papá.”
El oficial tomó datos. La Licenciada Rivas reunió copias. Doña Teresa acompañó a Claudia a sentarse, le trajo agua y le acarició el cabello como cuando era niña y volvía de la escuela con el corazón raspado.
Don Ernesto salió primero, furioso, murmurando que aquello era una vergüenza. Pero su voz ya no mandaba. Sonaba quebrada, como una campana vieja.
Doña Elvira lo siguió sin mirar a nadie.
Ricardo permaneció unos segundos más en la entrada. Observó la sala, las paredes recién pintadas, las flores sobre la mesa, la escalera que no había pagado, la luz de una casa que jamás había entendido.
“Pensé que iba a ser nuestra”, dijo.
Claudia respiró hondo.
“No. Iba a ser segura.”
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