—Perdón.
Mercedes quiso abrazarlo.
Dios sabía que quiso.
Pero no lo hizo de inmediato.
Porque el amor de una madre puede ser enorme y aun así necesitar una silla, una mesa y una verdad entre ambos.
—El perdón no puede ser otra forma de evitar consecuencias —dijo ella.
La licenciada Ugalde llegó veinte minutos después.
Venía con traje gris, lentes discretos y una calma que hizo que Lorena dejara de gritar apenas la vio bajar del coche.
También llegó Don Ernesto, el administrador del fraccionamiento, acompañado por el jefe de vigilancia.
Todo ocurrió en el porche, donde Mercedes quiso que ocurriera.
No dentro.
Nunca más dentro sin permiso.
Patricia revisó la carpeta que Lorena había llevado. No tardó mucho en encontrar lo evidente: el formato de venta, la firma imitada, los datos incompletos de Mercedes y el contacto de una inmobiliaria de Juriquilla.
—Esto es delicado —dijo la abogada—. Muy delicado.
Lorena intentó llorar.
—Fue un malentendido. Yo solo estaba explorando opciones.
Patricia la miró.
—Explorar opciones sobre una propiedad ajena, haciéndose pasar por la dueña o su representante, no es ayuda.
Daniel estaba hundido en una silla de la sala, visible desde la puerta abierta. Parecía diez años más viejo.
Mercedes se volvió hacia él.
—Necesito que entiendas algo. Yo no cambié la cerradura para sacarlos de mi vida. La cambié porque ustedes estaban entrando en ella sin tocar.
Daniel lloró entonces.
No como niño.
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