Él asintió, llorando.
“Sí.”
“¿Y me amabas?”
“Más que a mi propia vida.”
Rosita volteó hacia mí.
“¿Tú estás enojada?”
“Mucho.”
“Yo también”, dijo.
Fue la primera vez que la escuché decirlo de esa manera. Sin pedir permiso. Sin suavizarlo con una sonrisa.
Luego pidió ver a nuestros padres.
Entraron como si fueran a un juicio. Mi madre llevaba los ojos hinchados. Mi padre parecía haber envejecido diez años en dos días.
Rosita no gritó.
Eso fue lo que más dolió.
“Yo no soy un paquete”, les dijo. “No soy una cosa que se entrega. No soy una niña perdida. Soy Rosita. Soy esposa. Soy mamá. Soy su hija, aunque ustedes no supieron ser mis papás.”
Mi madre se tapó la boca.
“Mi niña…”
“No me digas así ahorita.”
Mi madre bajó la mano.
Rosita respiró con dificultad, pero siguió.
“Quiero que se vayan. No quiero que carguen a mis bebés. No quiero fotos. No quiero que digan que son abuelos felices en Facebook. Cuando yo quiera hablar, yo les aviso.”
Mi padre tragó saliva.
“Rosario, estás cansada. No tomes decisiones en este estado.”
Rosita lo miró con una calma que jamás le había visto.
“Toda mi vida tomaron decisiones por mí diciendo que era por mi bien. Ya no.”
Mi padre no respondió.
Se fueron sin abrazarla.
Tres semanas después, renunciaron como administradores del fideicomiso. No porque se hubieran vuelto buenos, sino porque la abogada de mi tía les dejó claro que, si no lo hacían, el asunto acabaría en juzgado y con nombres completos en expedientes que nadie podría esconder.
Mi tía Lupe quedó como nueva administradora. Benjamín entregó cada estado de cuenta. La cuenta donde había guardado el dinero quedó protegida para Rosita y los niños.
La familia se enteró.
Primero llegaron los mensajes discretos.
“¿Es cierto?”
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