Nadie respiraba.
Ni siquiera el padre Julián se movió. La concha de plata seguía sobre la mesa del altar, el agua bendita quieta, brillante, como si también esperara escuchar la verdad.
Mi mamá miró a mi papá con una furia desesperada.
—No tienes derecho.
—Sí lo tengo —contestó él—. Porque Mariana tiene derecho a saber por qué su madre está usando a su hijo para pelear una guerra que nunca fue de él.
Yo sentí que la piel se me erizaba.
—Papá… ¿de qué estás hablando?
Mi papá me miró entonces. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz salió firme.
—Cuando tu mamá y yo nos casamos, su padre, don Rafael Ruiz, no aceptó nuestra relación. Decía que yo no era suficiente para ella. Que venía de una familia sin apellido, sin dinero, sin futuro. Tu mamá lo adoraba. Para ella, él era todo. Y cuando él la rechazó por casarse conmigo, algo se le rompió.
Mi mamá bajó la mirada.
Yo recordaba a mi abuelo Rafael como una foto vieja en la sala, un hombre serio con bigote y traje oscuro. Murió cuando yo era muy chica. Mi mamá siempre hablaba de él como si hubiera sido un santo, un patriarca perfecto, el hombre que “sí sabía poner orden”.
—Durante años —continuó mi papá—, Teresa intentó recuperar la aprobación de su padre en todo. En la casa que compramos, en cómo educamos a los hijos, en las fiestas, en los nombres. Cuando tú naciste, quiso ponerte Rafaela.
Mi boca se abrió apenas.
—¿Qué?
—Yo no acepté —dijo mi papá—. No porque el nombre fuera malo, sino porque ella no quería nombrarte por amor. Quería demostrarle a un muerto que seguía obedeciéndolo.
Mi madre se limpió una lágrima con rabia.
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