Doña Graciela dejó el folder sobre la mesa.
—Cuando esto quede registrado, el terreno de Querétaro regresa al fideicomiso principal. Y la niña… bueno, eso será problema de ella.
La puerta doble se abrió.
No fue un golpe. Fue un clic limpio, seco, definitivo.
Entré sin prisa.
Todos voltearon.
Rodrigo se quedó con la pluma suspendida en la mano. Doña Graciela abrió la boca, pero no salió nada. Detrás de mí venían la licenciada Valeria Cárdenas, dos agentes de la Fiscalía, un perito financiero y el General Montes.
La sala perdió color.
—Mariana —dijo Rodrigo, intentando levantarse—. Esta es una reunión privada.
—No por mucho —respondió Valeria.
Doña Graciela recuperó la voz con un grito.
—¡Seguridad! ¡Saquen a esta mujer!
Nadie entró.
El agente principal colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.
—El personal de seguridad ya fue notificado. Esta reunión queda intervenida por orden judicial.
Uno de los primos se apartó de la mesa como si quemara.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—¿Orden judicial? Esto es un asunto familiar. Mi esposa me engañó. Hay una prueba de ADN.
Valeria conectó su laptop a la pantalla.
La imagen apareció enorme: factura digital, historial de navegación, hora de descarga, plantilla falsa, correo de Rodrigo, tarjeta corporativa de Doña Graciela.
—¿Se refiere a esta prueba? —preguntó Valeria—. La que compró por noventa y nueve dólares en una página fraudulenta, usando una tarjeta vinculada a la cuenta de su madre.
Rodrigo no contestó.
Doña Graciela dio un paso hacia la pantalla.
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