“Cuando Rodrigo se divorcie, controla el fideicomiso por el acuerdo matrimonial. Solo falta que Elena firme.”
Luego leí la respuesta de Héctor:
“Él todavía cree que los gemelos son suyos. Mantenlo orgulloso y distraído hasta terminar las transferencias.”
Otro mensaje hablaba de comprar departamentos mediante empresas fantasma. Otro mencionaba mover dinero por una consultora médica registrada a nombre de la amiga de Valeria. Otro decía que Rodrigo firmaba sin leer cuando el documento tenía más de tres páginas.
La presidenta independiente del consejo, la magistrada retirada Teresa Cárdenas, miró a Rodrigo sin compasión.
—La negligencia no borra responsabilidad fiduciaria. Usted autorizó más de ciento noventa millones de pesos mientras intentaba reclamar activos que nunca le pertenecieron.
Rodrigo levantó la mirada.
—Me engañaron.
—Y aun así firmó —respondió ella.
La auditoría reveló algo peor: parte del dinero había salido del fondo de salud para empleados, reservado para emergencias médicas, rehabilitación y apoyo familiar. No era un robo abstracto contra una empresa grande. Había trabajadores esperando reembolsos de tratamientos mientras Valeria, Héctor y Rodrigo financiaban viajes, joyas, departamentos y niñeras privadas.
El consejo votó por unanimidad.
Rodrigo y Héctor fueron destituidos de todos sus cargos. Sus compensaciones quedaron congeladas. Valeria fue despedida por causa justificada. Las cuentas vinculadas a las consultoras fueron bloqueadas mediante una orden judicial. La evidencia fue enviada a la Fiscalía y a las autoridades federales correspondientes.
Rodrigo me buscó con los ojos.
—No puedes dejarme sin nada.
—Las capitulaciones te dejan tus ahorros personales, tu ropa y cualquier bien comprado con ingresos legítimos.
—La casa es mía.
—La casa era del fideicomiso antes de nuestro matrimonio.
—¿Valle de Bravo?
—También.
—¿Mis opciones accionarias?
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