A las doce del día, Rodrigo llegó al piso ejecutivo con Valeria a su lado. Ella llevaba vestido rojo y cargaba a un bebé; una niñera venía atrás con el otro. Los empleados dejaron de hablar.
Rodrigo señaló mi oficina.
—Quiero que seguridad saque las cosas de Elena. Valeria necesita esta oficina. Tiene mejor vista.
El director de seguridad me miró desde la recepción.
Yo asentí.
Quería que todos vieran hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Valeria se acercó a mí, perfumada, impecable, triunfante.
—Siempre creíste que ser inteligente te hacía intocable.
—No —respondí—. Lo que vuelve difícil sacar a alguien es la documentación.
Rodrigo aventó el acuerdo firmado sobre la mesa de juntas.
—Ya renunció a todo. Empaca tus cosas.
Jimena abrió su maletín.
—La señora Elena firmó la disolución del matrimonio. La división patrimonial sigue regida por las capitulaciones matrimoniales que su cliente firmó antes de casarse.
La cara de Rodrigo cambió.
Ese documento contenía una cláusula de infidelidad, una cláusula de mala conducta financiera y una disposición que cancelaba cualquier beneficio no consolidado vinculado al fideicomiso si Rodrigo ocultaba bienes, cometía fraude o usaba recursos corporativos para fines personales.
Su puesto, sus bonos, su casa asignada, sus opciones accionarias, sus permisos de viaje y su acceso a Valle de Bravo podían desaparecer en cuanto existiera evidencia verificable.
Valeria apretó al bebé contra su pecho.
—No puedes dejarlo sin dinero. Tiene hijos que mantener.
Yo miré a los gemelos.
—Eso todavía falta comprobarlo.
En ese momento, un mensajero del laboratorio entró con un sobre sellado. Detrás de él apareció doña Ofelia, pálida, temblando tanto que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Rodrigo frunció el ceño.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Ella miró a los bebés, luego a mí, y susurró:
—Elena… ¿todavía no se lo dijiste?
Rodrigo soltó una carcajada seca.
—¿Decirme qué?
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