No amada.
No compañera.
Útil.
Sentí que esa palabra me arrancaba los últimos restos de culpa.
Sofía inició también su proceso para asegurar la pensión y protegerse de presiones. Consiguió apoyo, se mudó con una tía en Coyoacán y empezó a trabajar medio tiempo en una clínica dental. No nos volvimos amigas de inmediato. Sería mentira decir eso.
A veces verla embarazada me dolía.
A veces miraba su vientre y sentía rabia.
Pero aprendí a poner esa rabia donde pertenecía.
Sofía había cometido errores.
Yo también.
Pero ella no había construido un plan entero usando mi tristeza como material de construcción.
Daniel sí.
La bebé nació una madrugada lluviosa de agosto.
Sofía me llamó desde el hospital.
—No sé por qué te marqué —dijo, llorando—. Mi tía viene en camino, pero todavía no llega.
Yo estaba en mi nuevo departamento, rodeada de cajas, con un colchón en el piso y una tetera prestada sobre la estufa.
—Voy para allá.
No entré a ese hospital como madre.
Entré como una mujer que sabía lo que se sentía cuando otros decidían tu futuro en una mesa donde tú solo servías café.
Horas después nació Luna.
Pequeña, furiosa, con un llanto tan fuerte que una enfermera bromeó diciendo que esa niña venía con abogado incluido.
Sofía la sostuvo contra su pecho y lloró.
—Hola, mi amor —susurró—. Nadie te va a regalar.
Yo toqué la manita de Luna. Sus dedos se cerraron alrededor del mío.
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