La casa familiar de los Salvatierra olía a café recalentado, incienso de velorio y miedo mal disimulado. Mariana llegó al mediodía exacto, acompañada por el Licenciado Valdés, que llevaba un portafolio negro y caminaba con la calma de quien ya sabe dónde está enterrada la verdad.
En la sala estaban todos.
Rodrigo, sentado a la cabecera, fingía cansancio y tristeza. Tenía los ojos rojos, pero no de llorar por su madre; eran ojos de hombre que no durmió porque su mentira empezó a pudrirse. El tío Ernesto estaba junto a la chimenea, ancho de hombros, brazos cruzados, usando la intimidación como si todavía tuviera veinte empleados a quienes gritarles. La tía Lupita miraba a Mariana con una mezcla de desprecio y hambre de chisme. Patricia, la cuñada, estaba en silencio, pálida.
—Mira nada más —dijo Ernesto—. Sí tuvo el descaro de venir.
Mariana no contestó. Se sentó cerca de la puerta, sin quitarse el abrigo.
Rodrigo suspiró, montando su teatro.
—Mariana, todavía puedes arreglar esto. Robaste documentos de mi madre en un momento de dolor. Yo no quiero denunciarte, pero tampoco voy a permitir que destruyas a esta familia por coraje.
La tía Lupita chasqueó la lengua.
—Eso pasa cuando una mujer resentida se cree dueña de lo ajeno.
Rodrigo deslizó una carpeta sobre la mesa.
—Firma esto. Renuncias a cualquier derecho sobre la casa, sobre las cuentas y sobre la herencia. También firmas el divorcio sin pensión ni reclamaciones. A cambio, no llamo a la Fiscalía.
Mariana miró la carpeta como quien mira basura elegante.
—No voy a firmar eso.
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