Julián se levantó y se acercó como si fuera a abrazarme. Yo di un paso atrás.
Él fingió no notarlo.
—Mariana, sé que te pones sensible con lo de tu papá, pero tienes que pensar en el futuro. Tu padre no habría querido que esta casa se quedara congelada por nostalgia.
Aquello sí me atravesó.
No porque tuviera razón, sino porque se atrevió a usar a mi padre como ganzúa.
—Mi papá tampoco habría querido que su yerno intentara robarla —dije.
La sonrisa de Julián se quebró.
—¿Perdón?
Tomé los documentos y leí en voz alta:
—Fernanda Rivas, directora de estrategia y socia beneficiaria.
Su rostro cambió de color.
—Fernanda es una consultora. Ya te había hablado de ella.
—No. Me hablaste de “una compañera del trabajo”. No de una mujer a la que besas en el aeropuerto mientras planeas dejarme sin cuentas.
El silencio cayó pesado sobre la sala.
Afuera pasó un vendedor gritando “tamales oaxaqueños”, tan cotidiano y absurdo que casi me dieron ganas de reír. Mi vida estaba partiéndose en dos, y la ciudad seguía vendiendo cena en la banqueta.
Julián dejó el vaso sobre la mesa.
—No sé qué crees que viste, pero estás malinterpretando.
Saqué mi celular.
—Entonces escuchemos juntos.
Presioné reproducir.
Su voz llenó la sala, clara, arrogante, exacta.
“Cuando el dinero pase a la cuenta corporativa, le bloqueo el acceso. Después meto la demanda de divorcio. Limpio.”
Luego la risa de Fernanda.
“Y no va a saber ni de dónde le cayó el golpe.”
Después, otra vez él.
“Esa casa ya está manejada. Mañana no tendrá ni dónde llorar.”
Julián miró el teléfono como si acabara de abrirse una grieta en el piso.
—Mariana…
—No.
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