—Queremos ser Ramírez Luján. Para que nuestros papás también vengan con nosotros.
Mateo cerró los ojos un instante.
—Entonces eso seremos.
Esa noche, en la casa nueva de Coyoacán, no en el penthouse frío de Santa Fe, sino en una casa con bugambilias, patio, cocina ruidosa y paredes llenas de dibujos, Mateo encendió una vela junto a la foto de Mariana.
Nicolás se acercó.
—¿Ella es tu esposa?
—Sí. Se llamaba Mariana.
—¿Crees que se enoje porque ahora nos quieres a nosotros?
Mateo lo abrazó por los hombros.
—Creo que ella los habría querido desde el primer día.
Emiliano apareció arrastrando una cobija.
—Papá Mateo, ¿hoy sí cuentas la historia del abrazo fingido?
Mateo sonrió. Se sentó entre los 2 en el sofá.
—Había una vez un hombre que creía que ya no tenía familia…
—Y un niño muy inteligente que pidió ayuda —interrumpió Nicolás.
—Y otro niño que esperaba en un lugar horrible —añadió Emiliano.
Mateo los miró. La casa estaba llena de ruidos pequeños: lluvia en las ventanas, leche calentándose en la cocina, un perro del vecino ladrando a lo lejos, respiraciones tranquilas donde antes hubo miedo.
—Y los 3 descubrieron —continuó Mateo— que a veces una familia no empieza con sangre ni apellidos. A veces empieza cuando alguien decide no soltar a otro en medio de la lluvia.
Nicolás apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Hay más niños esperando?
Mateo miró la carpeta sobre la mesa. Nuevas solicitudes. Nuevos casos. Nuevas puertas cerradas que habría que abrir.
—Sí.
Emiliano bostezó.
—Entonces mañana ayudamos a otro.
Mateo apagó la lámpara despacio.
Afuera, la ciudad seguía siendo enorme, injusta y ruidosa. Pero dentro de esa casa, 2 hermanos dormían juntos por primera vez sin miedo a que alguien los separara al amanecer.
Y Mateo comprendió que no había salvado a Nicolás y Emiliano.
Ellos también lo habían salvado a él.
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