—Aseguren dispositivos, computadoras, cajas fuertes, cámaras internas y vehículos. Nadie sale sin identificación.
Los invitados ricos que media hora antes sonreían sobre copas de champaña ahora estaban pegados a las paredes, evitando mirar a los Aldama. Algunos borraban mensajes. Otros temblaban. Una señora que presumía fundaciones de caridad rogaba que no le quitaran el celular.
Teresa intentó arrancarse el broche.
—¡Esto es mío!
Un agente la detuvo con cuidado, pero con firmeza.
—Es evidencia.
—¡Es una joya familiar!
Yo solté una risa débil.
—No. La joya familiar verdadera está en una caja fuerte, Teresa. Esa es una réplica con cámara y micrófono. Tú misma la elegiste porque brillaba más.
Su cara se deformó.
—Maldita.
—No —dije—. Precavida.
Lucía tomó el broche con guantes y lo colocó en una bolsa transparente.
—Transmisión completa recibida —informó alguien desde la entrada—. Audio limpio. Video suficiente. También llegó el respaldo del servidor.
Ramiro cerró los ojos.
Ahí estaba el detalle que los hundía por completo.
El servidor.
Durante catorce meses, yo había fingido que no entendía nada cuando Sebastián dejaba documentos abiertos en su despacho. Fingí que no escuchaba cuando Ramiro hablaba por teléfono después de la cena. Fingí que me importaban los vestidos que Teresa me imponía mientras ella presumía pagos, influencias y “favores” como si fueran recetas de cocina.
Ellos me sentaban en una esquina durante sus reuniones porque pensaban que una mujer embarazada de tristeza, con tratamientos médicos y sin apellido empresarial, no representaba amenaza.
Pero antes de casarme, yo había trabajado como auditora financiera en Guadalajara.
Y antes de dejar mi empleo por presión de Sebastián, había aprendido una cosa: el dinero sucio siempre deja huellas, aunque use zapatos italianos.
Primero fueron facturas duplicadas.
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