Rosa no respondió.
Patricia abrió la puerta del sótano y la empujó hacia adentro.
—Permanecerás aquí hasta que decidas hablar.
Luego la cerró con llave.
Emiliano no pudo soportarlo más.
Abrió la puerta de la sala de vigilancia y se dirigió por el pasillo, con Ramiro pisándole los talones.
Sin embargo, antes de llegar, escuchó la voz de Daniela proveniente de la sala de estar.
—Ya basta, Patricia.
La joven sacó la grabadora.
—Todo se quedó aquí.
Patricia se abalanzó sobre ella.
Daniela corrió hacia la mesa, pero tropezó con la alfombra. La grabadora cayó al suelo y se deslizó debajo de un sillón.
Patricia la agarró por los hombros.
—Eres un niño desagradecido.
—Y tú eres un mentiroso —respondió Daniela, temblando—. Tú también fuiste quien rompió el retrato de mamá.
Emiliano se detuvo al oír eso.
El retrato de Lucía, su difunta esposa, había sido hallado destruido cuatro meses antes. Patricia afirmó que Martina lo había tirado durante un ataque de ira.
Martina fue castigada durante días, a pesar de que juró que no había sido ella.
Patricia apretó con más fuerza los hombros de Daniela.
—Tu madre ha muerto. Acéptalo.
La puerta del salón se abrió bruscamente.
—Déjalo ir.
La voz de Emiliano hizo vibrar el lugar.
Patricia palideció.
Daniela dejó de luchar. Martina corrió hacia su padre, pero se detuvo a mitad de camino, como si no supiera si podía confiar en él.
Ese pequeño gesto le dolió más que cualquier golpe.
Emiliano se acercó lentamente.
—Aquí estoy, mi amor.
Finalmente, Martina corrió a abrazarlo.
Daniela no lo hizo.
Simplemente señaló la silla.
—La grabadora está abajo.
Ramiro lo recogió y lo guardó como prueba.
Patricia intentó sonreír.
Leave a Comment