El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente.

El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente.

 

Era una certeza.

—¿Qué le dijiste exactamente a tu madre? —preguntó Méndez.

Salomé miró primero a Ramira, como pidiendo permiso, y su madre asintió de inmediato, agarrándose al borde de la mesa con manos temblorosas.

La chica respiró hondo.

—El hombre que murió esa noche… no estaba solo en la casa —dijo en voz baja.

Las palabras cayeron en la habitación como una piedra arrojada a aguas tranquilas.

Ramira cerró los ojos por un instante, como si reviviera la noche que había destrozado su vida.

—Se lo dije —susurró—. Pero nadie me hizo caso.

Méndez se puso de pie lentamente, mientras su mente repasaba el expediente del juicio que le había parecido tan completo.

Hubo un testigo que afirmó haber visto a Ramira salir de la casa.

Huellas dactilares en el cuchillo.

Sangre en su ropa.

Todas las piezas encajaban a la perfección.

Quizás demasiado perfecto.

—¿Quién más estaba allí? —le preguntó Méndez a la chica con cautela.

Salomé lo miró directamente a los ojos, y algo en su mirada hizo que el experimentado oficial se sintiera inesperadamente incómodo.

—Mi tío Mateo —dijo ella.

Ramira jadeó.

El nombre le impactó de inmediato porque Mateo había sido el hermano menor de su marido, el hombre que había testificado durante la investigación afirmando que llegó después de que el crimen ya se hubiera cometido.

—No… —susurró Ramira, sacudiendo la cabeza lentamente.

Pero Salomé continuó.

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