PARTE 2
Valeria colocó la última caja junto a la puerta y respiró lentamente.
El rostro todavía le ardía bajo la gasa. La enfermera le había advertido que la quemadura podía dejar una marca permanente si no seguía el tratamiento con cuidado, pero en ese momento la cicatriz física era lo que menos le preocupaba.
Sobre la mesa del comedor dejó tres cosas.
Su anillo de bodas.
Una copia del informe médico.
Y una carpeta negra que Alejandro jamás había visto.
Después entregó las llaves del departamento a uno de los policías.
—La propiedad es mía —explicó—. La compré antes del matrimonio. Mi abogada ya está preparando la solicitud para que él no pueda regresar.
El oficial miró los documentos y asintió.
—Señora Morales, por ahora no se quede sola. Su esposo todavía no sabe que usted lo denunció.
Valeria bajó la mirada hacia el anillo.
—Lo sabrá muy pronto.
Se marchó unos minutos antes de que Alejandro regresara con Rebeca.
Desde el asiento trasero del automóvil, la hermana de Alejandro hablaba emocionada mientras revisaba en su teléfono fotografías de bolsos, zapatos y joyas.
—Vi una bolsa preciosa en Antara —dijo—. Cuesta casi ochenta mil pesos, pero con la tarjeta de Valeria la podemos sacar a meses.
Alejandro sonrió con arrogancia.
—Después de lo de esta mañana, ya entendió quién manda.
—¿De verdad le aventaste el café?
—Solo necesitaba una lección.
Rebeca soltó una risa corta.
—Siempre te dije que era demasiado orgullosa.
Alejandro estacionó frente al edificio y subió al departamento convencido de que encontraría a Valeria llorando, quizá preparando la tarjeta y los bolsos para entregárselos.
Pero al abrir la puerta se encontró con un silencio extraño.
La sala estaba casi vacía.
Faltaban los cuadros.
Faltaban las plantas.
Faltaba la computadora de Valeria.
Incluso había desaparecido la cafetera.
—¿Qué hizo esa loca? —murmuró Rebeca.
Alejandro caminó hasta la mesa.
Entonces vio el anillo.
Su sonrisa desapareció.
Junto al anillo estaba el informe médico con fotografías de la quemadura y un número de denuncia.
Pero fue la carpeta negra lo que hizo que se quedara inmóvil.
En la portada había una etiqueta blanca.
“Para Alejandro Salazar”.
Rebeca se acercó por detrás.
—Ábrela.
Alejandro retiró la liga que mantenía cerrada la carpeta.
Dentro encontró copias de movimientos bancarios, contratos, capturas de pantalla y fotografías.
La primera hoja mostraba transferencias realizadas desde una cuenta empresarial perteneciente a Valeria.
Doscientos mil pesos enviados a una cuenta a nombre de Rebeca Salazar.
Después, ciento veinte mil.
Luego ochenta y cinco mil.
Alejandro tragó saliva.
—¿Qué es esto?
Rebeca palideció.
—No sé.
Alejandro pasó a la siguiente página.
Había mensajes impresos.
No eran conversaciones entre Rebeca y Valeria.
Eran mensajes entre Rebeca y Alejandro.
“Ya entré a su computadora.”
“La contraseña sigue siendo la fecha de nacimiento de su abuela.”
“Pasa el dinero antes de que revise el estado de cuenta.”
“Dile que el banco cometió un error.”
Rebeca le arrebató las hojas.
—¡Tú dijiste que habías borrado esos mensaje
Leave a Comment