—No soy egoísta —dijo Valeria.
Su voz no fue fuerte, pero cortó la casa entera.
Teresa levantó la mirada con fastidio.
—No te metas en conversaciones de adultos.
Valeria bajó dos escalones más. Tenía el cabello suelto, los ojos rojos y una calma que me dolió más que cualquier llanto.
—Yo le di a Camila medio clóset. Le presté mi computadora. Le dije que podía estudiar en mi escritorio. Le regalé una chamarra. Le hice espacio en mi vida. Lo que no acepté fue que usted me mandara al sofá roto del cuarto de servicio porque mi recámara le servía para sus trámites.
Camila estaba en el pasillo.
No la habíamos visto.
Tenía la cara empapada.
—¿Trámites? —preguntó.
Teresa se levantó de golpe.
—Camila, sube.
—No —dijo ella—. ¿Qué trámites?
Arturo apareció desde la cocina.
—No hagas caso. Todos están nerviosos.
Yo tomé las fotos de Valeria de la mesa. Las rompí una por una. No por rabia ciega, sino porque mi hija necesitaba ver que su intimidad no era papel de exhibición.
—Se acabó —dije—. Desde hoy, cada abuso queda registrado.
Teresa me llamó mala, fría, resentida. Arturo llamó a medio árbol genealógico diciendo que yo quería dejar en la calle a dos adultos mayores y a una niña “sin madre”. Para el mediodía, mi celular era un mercado de insultos.
“Qué poca humanidad.”
“Tu papá se avergonzaría de ti.”
“Una casa se comparte.”
Nadie preguntó por Valeria.
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