PARTE 1

—Cuando el seguro pague los 50 millones, nadie va a volver a pronunciar tu nombre —le dijo Esteban, antes de empujar a su esposa embarazada por el barranco helado.
Mariana Alcázar apenas alcanzó a ver la sonrisa de su marido antes de caer.
El viento del Nevado de Toluca le arrancó el grito de la garganta. La nieve le golpeó el rostro, las piedras congeladas le rasgaron la piel y su cuerpo de 9 meses de embarazo rodó cuesta abajo como si ya no perteneciera a nadie.
Arriba, en la orilla del acantilado, Esteban Larios no corrió a ayudarla.
Se quedó parado con su abrigo negro, las manos limpias, mirando cómo desaparecía entre la neblina blanca.
A su lado estaba Renata, su amante, usando la bufanda de lana que Mariana había tejido durante sus noches de insomnio.
—Haz que parezca un accidente —susurró Renata.
Esteban sonrió.
—Una esposa frágil, una caminata imprudente, una tormenta repentina… La gente ama las tragedias simples.
Mariana golpeó una saliente de roca. El dolor le atravesó la cara. Sintió sangre caliente resbalarle por la mejilla, pero el frío la congeló casi al instante. Su vientre se endureció.
La bebé se movió.
Fuerte.
Como si desde adentro le dijera: “No te mueras”.
Mariana clavó los dedos en la nieve, intentando detenerse. Tenía las uñas rotas, los labios azules y una pierna que apenas respondía. Pero estaba viva.
Arriba, Esteban se asomó una última vez.
—Gracias por haber sido tan útil, mi amor —gritó—. Sin ti, nunca habría conseguido esa póliza.
Después se alejó.
Durante 3 años, Esteban la había llamado exagerada. Débil. Afortunada por haberse casado con un hombre como él. Frente a su familia, la trataba con ternura. En privado, le recordaba que ella era una huérfana sin apellido, sin dinero y sin nadie que la buscara si un día desaparecía.
Pero Esteban no sabía todo.
No sabía que Mariana, 6 meses antes, había abierto un expediente de adopción sellado.
No sabía que había encontrado el nombre de su padre biológico.
No sabía que aquel hombre era Alejandro Valcárcel, dueño del Grupo Valcárcel Seguros, una de las compañías más poderosas de México.
Y mucho menos sabía que la póliza de vida de 50 millones que él había contratado pasaba, precisamente, por una empresa vinculada a ese grupo.
Mariana no le había contado la verdad porque todavía no se sentía lista para llamar “papá” a un desconocido.
Pero ahora, mientras la nieve la cubría hasta el pecho, entendió que aquel secreto podía salvarle la vida.
Dentro del forro de su abrigo había un pequeño localizador de emergencia. Alejandro se lo había enviado semanas antes, después de saber que ella vivía con un hombre controlador.
“Solo presiónalo si estás en peligro”, le había dicho.
Mariana movió 2 dedos entumidos, buscando el botón.
Lo encontró.
Lo presionó.
Luego cerró los ojos.
Cuando despertó, no estaba muerta.
Estaba en una habitación privada de hospital, conectada a monitores, con el rostro vendado y una mano sobre su vientre. El latido de su bebé llenaba el cuarto.
Viva.
Una figura alta, de cabello plateado y traje oscuro, estaba junto a la cama. Tenía los ojos rojos, pero no de debilidad. De furia.
—Mariana —dijo Alejandro Valcárcel, tomando su mano con cuidado—. Hija… dime quién te hizo esto.
Ella miró hacia la ventana. Afuera seguía cayendo nieve.
Sus labios partidos apenas se movieron.
—Primero… deja que me entierre.
Alejandro no respondió.
Pero su mirada cambió.
Y Mariana entendió que Esteban acababa de provocar a un hombre que jamás perdonaba una traición contra su sangre.
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