La cena se sirvió en el salón principal de la mansión Armenta, bajo un candil enorme que parecía hecho para iluminar pecados caros. Había mole negro, filete, vino importado y una mesa tan larga que mi familia parecía más pequeña de lo que recordaba.
Mi padre llegó con traje nuevo. Mi madre con perlas. Mauricio con una botella de champaña y esa sonrisa de hombre acostumbrado a romper cosas sin pagar el costo.
También llegaron tres socios de la constructora, un contador externo y dos miembros del consejo. Todos creían que esa noche se firmaría el rescate definitivo de Salazar & Hijos.
“Don Joaquín”, dijo mi padre, estrechando la mano del supuesto anciano. “No sabe cuánto apreciamos su confianza.”
Adrián, cubierto otra vez por la máscara, inclinó la cabeza.
“La confianza es un lujo. Por eso me gusta dejar todo por escrito.”
Mi madre me miró desde su asiento.
“Lucía, siéntate derecha. Hoy no arruines nada.”
Antes, esas palabras me habrían encogido. Esa noche me hicieron sonreír.
El primer plato pasó casi intacto. Mi padre habló de nuevos desarrollos en Santa Fe. Mauricio presumió contactos en el municipio. Mi madre me observaba con la impaciencia de quien espera que una hija vendida agradezca el precio.
Al final, Adrián colocó una carpeta frente a cada uno.
“Una última condición”, dijo con su voz de anciano. “Cada directivo debe confirmar que estos contratos, estados financieros y garantías son auténticos.”
Mauricio abrió la carpeta y ni siquiera leyó.
“Por supuesto.”
Firmó primero.
Mi padre firmó después, con su pluma de oro. Mi madre lo hizo como secretaria corporativa. Los socios dudaron, pero al ver la seguridad de los Salazar, también estamparon sus nombres.
Mi madre se inclinó hacia mí.
“Buena niña. Por fin salvaste a tu familia.”
Yo me puse de pie.
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