Una tarde llegó un paquete pequeño sin remitente.
Dentro había una taza de cerámica pintada con mariposas azules.
La tarjeta solo decía:
“Las tazas se reemplazan. La infancia no.”
Rodrigo se la mostró a Sofía.
Ella pasó un dedo sobre la mariposa pintada.
—¿La señora aprendió?
Rodrigo miró la taza. Luego miró por la ventana, donde la luz de la tarde caía sobre la banqueta.
—Tal vez empezó.
Sofía asintió con seriedad.
—Empezar está bien.
Esa noche fueron al parque con chocolate caliente hecho en casa, porque Sofía dijo que el chocolate de cafetería ya era “demasiado dramático”.
Se sentaron bajo los árboles. La niña apoyó la cabeza en el brazo de su padre.
—Papá.
—Dime.
—Si alguien vuelve a ser malo, ¿vas a quedarte quieto otra vez?
Rodrigo le limpió chocolate del labio con una servilleta.
—Siempre voy a protegerte.
—¿Pero sin pegar?
Rodrigo miró a los niños corriendo entre la luz dorada.
—Si puedo protegerte sin volverme cruel, siempre voy a escoger eso.
Sofía sonrió y siguió tomando chocolate.
Rodrigo la abrazó.
Aquella mañana, una millonaria creyó que había golpeado a un hombre invisible.
Pero en realidad golpeó un espejo.
Y en el silencio que vino después, todos en esa cafetería vieron quiénes eran realmente.
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